GOLPE DE ESTADO
Me acompañó un libro de edición minúscula. Uno de esos que han sacado las editoriales para vencer la desidia del lector español. Con muy pocas palabras, todas de caja grande, hiladas en renglones decaídos y con grandes entradas en los ojos de las aes, y salidas en los de las oes. Había poco más.
Tenía un cigarrillo casi del todo consumido en un cenicero cuyo material imitaba al acero. Y café, una taza enorme de café que rellenería una y otra vez durante las siguientes 72 horas. Yo era un centinela. Me convertí en uno de los mejores.
La oí revolver en el aparador del estudio, que no fue un dormitorio, y los golpes de las cajas de los cajones contra los fondos maltratados cerraban tareas determinadas con un hastío experto, impropio de alguien que me llegó a querer. Todo se salía de su recipiente, precipitando una cascada de acontecimientos que acabaría dejándome solo.
Eran sus manos las que recogían su cuerpo entero de mi vista en cajas de uno por uno y maletas arrugadas que no llegaron a contener lo planeado. Ahora el plan era otro. Era volverse, huir, repetir todos los planes uno por uno en otra casa, dando a otro la ocasión de armar lo que a mí se me antojó una ecuación inescrutable. Ahí me quedaba yo con la incógnita sin despejar.
Era la misma sensación, y la revelé con consuelo de perdedor, la misma que había tenido una semana antes en la calle Mayor, cuando no fueron finalmente los millones planeados sino unos pocos miles los insurgentes, controlables como al fin se demostró. Casi todos se quedaron en casa, con sus familias, en sus casas ordenadas y pulcras, donde un día si lograron dos poner orden y firmar un acuerdo vitalicio de no agresión. Despejaron la incógnita. ¿Estaban en su derecho de ser cobardes? No, no y no. Nosotros cumplimos nuestra palabra.
El pueblo tiene que manifestar su deseo incondicional de libertad y salir a la calle a defender la democracia, dijo un gobernante que tampoco iría.
Salieron tanques y camiones, retransmitidos por televisión, a reprimir a una masa que no se gestó. Que fueron finalmente grupos dispersos, traicionados por su valor y su fe ciega en los que debieron ocupar flancos y retaguardias desiertas. Yo noté el aliento de los traidores desde sus cobijos cobardes, indispuestos para dar su vida por el porvenir de sus hijos, pero ansiosos de que nosotros, sus camaradas expuestos, la diésemos por ellos. Y la dimos, vaya si la dimos.
Los tiroteos estallaron urgentes en la plaza del Sol de Madrid, decididos a finiquitar la enésima farsa de la revolución lo antes posible. Cabalgando fieras de acero sobre la masa precaria de aliados, ardieron sin sentido de la medida los grifos de sangre de los disparaderos. Y el sudor frío de los que huimos nos consumió también las vísceras. Durante un instante ese sudor me trajo un regocijo bastardo por pensar en los que se quedaron en casa, para los que todas las esperanzas de nuestra victoria se vendrían también sobre las cabezas de sus hijos sin futuro, criados otra vez bajo el yugo de una nueva dictadura.
Ella, ajena por unas horas a la conciencia del nuevo orden, trataba de alcanzar un orden quizá aún más difícil y que empezaba por dejar atrás tanto desorden como el que libraba dejándome atrás a mí. Y francamente, en ese momento fue lo único que me importó. Para nuestro hijo, condenado a no nacer, tampoco habría libertad.
No valgo para las grandes ocasiones, porque me puede la catástrofe y me paraliza el corazón. Eso fue lo que sentí en Sol y me volvía a pasar ahora. No sentía nada, y sin embargo, me aterraba la promesa del dolor que aguardaba certero y agudo tras que ella cerrase la puerta principal.
Esta noche, entonces sí, y mañana por la noche, y todas las noches de los próximos cientos de días dejaría de dormir y toda mi vida, que es ella, me vendría a la cabeza envuelta en su dulzura cegadora. Porque la vida es muy complicada, complícadisima, si no me la explican sus ojos, los dientes de su sonrisa abriéndose paso entre mis pesadillas, su corazón blanco como una nimba. Oía su trajín con los bártulos del estudio. Tengó que tirar el aparador, pensé.
La vida personal y la realidad social del mundo a veces coinciden con retranca. Recuerdo que pensé que mi realidad, mi vida más mis ensoñaciones, estaban marcadas por la entidad común de un golpe de estado. Un atentado contra mi legalidad vigente. El ejército, levantado en armas por un lado, contra una diligencia de terroristas suicidas al otro. Sin moverse de sus asientos. Yo por lo menos estaba petrificado. Y sin embargo, cuando la vi aparecer por el salón con sus maletas medio vacías, yo que no valgo para grandes ocasiones, le di al momento una altura proverbial: “vivimos un golpe de estado”.
Ella me miró con el ceño gastado. No era hastío, sino autoculpa. No pensó que ya no me quería, valoraba cómo imposible haberlo hecho alguna vez.
Hay mujeres que se entregan con una actitud parásita, buscan absorberte sin dar más a cambio que puro servilismo. Pero ella era creativa, independiente, construía su propia vida al margen de la tuya para luego desvelarte sus matices más íntimos. Un tesoro mágico de descubrimientos que intercambiaba luego por tus convicciones profundas en un verdadero acto de amor. El verdadero amor, como sólo ella lo entendía, el descubrimiento de uno mismo por el otro.
Para quererla, para quererla más, de verdad, aún tendrían que pasar unos días. Entonces el dolor sería tan agudo que los presos políticos de la dictadura maldecirían sus ideales joviales por sentir que habían arruinado su vida. Camino del patíbulo, niños de no más de 28 años rogarían a la autoridad una segunda oportunidad para poder ser alguien en la vida. Cuando por fin cerró la puerta principal que da la calle, ya era tarde.