MADRID BIZARRE

Otra vez mi editor. Se ha propuesto sacarme del charco y darme la idea definitiva para mi próxima novela. En realidad se le nota bastante preocupado desde hace semanas. Llevo varios meses sin escribir una línea potable. Estábamos citados a las nueve en un restaurante de grandes ventanales que dan a la calle San Bernardino tras altas cortinas de raso rojo. Yo he llegado antes que él y he escogido una mesa del fondo, bajo un candelabro de bronce que cuelga del techo. Venía hablando en alto desde el pasillo, se dejó caer sobre la silla sin saludar.
- “Sólo te diré una cosa: he tenido la mejor idea desde la Perestroika”.
Le encantaba hablar utilizando símiles que pasaba días inventando.
- “Madrid, 2100. Fin del primer siglo del tercer milenio. Algún descendiente más o menos cercano de la saga Gallardón dirige un batallón de ciudadanos-soldado que han formado bando resistente, ateridos en torno al río Manzanares congelado tras un repentino cambio climático a causa de la sobrepoblación de la meseta. Enfrente, el otro ejército agazapado en los edificios en ruinas; una legión multinacional de inmigrantes que, tras ir copando cotas de poder paulatinamente más amplias, decidieron unirse contra los nativos tras el caos que sobrevino con el desastre meteorológico”.
…¿?…
Después de seis meses sin escribir nada, ya no se puede decir oficialmente que seas escritor. Tuve que cambiarme de piso, e incluso volverme al pueblo una temporada para reducir gastos. Habían transcurrido seis años desde mi última visita familiar, así que tuve que hacer de tripas corazón.
Sin embargo, el regreso que en ese momento se me atragantaba como un fracaso mal digerido, fue precisamente lo que cambió mi suerte. Volví a escribir. Fue al día siguiente de encontrar casualmente una carta de mi primo, Auxiliador. Estaba dirigida a mí, pero no llegó a mandármela.
- “Captas la riqueza de matices que contiene la historia, ¿verdad?; las posibilidades son enormes… Las dos españas libran su última batalla en un mundo a lo Blade Runner –me continuó situando después de una larga pausa, como si me estuviera lanzando los flashes de titulares en las portadas-. ¿Coges la simbología?
¡Camarero!”
- Por supuesto. Habrá que tener cuidado con los puntos más sensibles para que no pierda credibilidad. Tiene muchas posibilidades, aunque no te he contado que ahora estoy empezando un proyecto nuevo.
- “¡Cuéntame! ¿Estás escribiendo una novela?”
- “Su carta, señor”.
- “Gracias. Para beber, vino blanco”.
- “Sí, señor”.
- Es más bien un ensayo, una revisión de personaje en clave moderna.
- “¿Y quién es tu musa? –interrrumpió”.
- Te hablo de Paco Martínez Soria: es una figura total, casi un compendio de toda la España del siglo XX. Tengo el piso lleno de material.
Al principio me miró como un chino cuando preguntas qué lleva el pato feliz (“sí, feliz… sí”). Luego se ladeó, rindiendo el barbudo mentón sobre los nudillos de ambas manos; era la señal de que gozaba de toda su atención.
- ¿Te he hablado alguna vez de mi primo Auxiliador?
Querido primo:
Lo peor de Madrid son los madrileños. He pasado semanas tratando de hacer un amigo. Desde el mismo día que bajé el pie del autobús y me pegaron y robaron.
Habían pasado unos veinte minutos, no más. Crucé la calle principal, continué por otra más estrecha, iluminada veladamente por farolas amarillas a pie de calle. Arrastraba a duras penas la gran maleta de viajes del abuelo, esa que pesa igual llena que vacía. Y fue al levantar la vista para orientarme, que un grupo de no sé cuántos; chicos espigados, ataviados con ropas de colores llamativos y accesorios plateados, se multiplicaban por todas partes. Se me sacudían con patadas nerviosas y manotazos descarados, mientras se iban animando con mis lamentos y súplicas. No parecían cansarse nunca, por lo menos una hora pasé en el suelo. No me robaron nada, sólo me llamaron paleto.
No fueron los severos golpes, no más que la sensación de desamparo, que aquella noche se me helaron los huesos y a punto estuve de volverme al pueblo, y hubiese salvado así el pasaje de desgracias que aguardaban aún.
Tampoco aquella pensión plagada de bichos, en la que más que como cliente, me trataban como a bandido que por la fuerza hubiese entrado en su casa. No me hablaba nadie, si no a gritos, con molestia de aparecerles mi cara.
Todo motivo era válido para engordarme la cuenta: a razón de que mi equipaje excedía los límites de tamaño y peso (20 €), luego una multa por los embutidos del pueblo (50 €). Hasta firmaronme un documento que daba fe de que yo era inquilino en aquel lugar, y no mendigo o maleante, y poder así explicarme ante un eventual requerimiento de la policía. Aquel salvaconducto me costó 100 euros.
Aún así, como te digo, nunca me hubiesen podido. Si fue que rendí y marché lo más aprisa que pude, no lo dictaron vándalos ni aprovechados, sino como no podía ser de otra forma, el desengaño para con una mujer.
Si fue que vine a Madrid, sin duda fue en busca de esposa. En el pueblo apenas moza viva queda, que conserve unos pocos dientes, puestos de día y de noche. Tú bien sabes primo, que hiciste carrera en la capital hace ya tiempo.
El cortejo, te digo, me lo encontré como quien dice, una tarde de suerte contraria a las puertas de una escuela que para mí era palacio, y hasta trompetas oía.
Como una reina de blanco se me apareció la Dulcinea en el sitio referido. Un pelo negro de basalto. Ojos grandes, despiertos y expeditivos. Boca roja, piernas pálidas, las rodillas desnudas entre los leotardos y la falda.
No fue un sueño, primo, aunque pronto tornó en pesadilla. No durante los momentos que siguieron, en los que jamás reconocí mortal privilegiado como este humilde servidor, hasta las cejas enamorado. Pues no creerás que Dulcinea se acercó, y no hubo antes suficiente pena que descompensase ni una sola de las sonrisas que me regaló aquella dulzura incauta.
- “Auxiliador, a su servicio” –me presenté.
Ella sonreía y sonreía, hasta que vino a tomar posesión de este corazoncito atribulado. Allí, ante mis ojos, se abría paso la luz que había guiado mi viaje hasta Madrid.
Entonces, yo… simplemente la pedí matrimonio. Hinqué la rodilla en tierra, como sólo los caballeros gustan, y le ofrecí mi amor.
Menos de media hora duró el idilio más breve jamás conocido. En ese tiempo me vi otra vez apaleado, para no mediar palabra, esta vez por toda una unidad de agentes del orden. Habían respondido con celeridad a la llamada de una de las monjas instructoras del colegio:
- “¡Por favor, deprisa, un desconocido con aires rudos está violentando a una de mis alumnas de tan sólo 12 años!”
Lo de “desconocido con aires rudos” aún lo llevó a bien en la copia de la denuncia. A la mañana siguiente pude salir de comisaría.
Prefiero guardar para mí los sofocantes episodios que me asaltaron durante aquella noche fatal donde jamás quiso madre llegar a verme.
Así es, finalmente, como decidí no dilatar más mi estancia en Madrid. Sólo diré en mi defensa que mis sentimientos siempre se revelaron puros y que madre aún no contaba los 12 años cuando a la fuerza la sacó padre de su casa, llevándose con ella la bendición de los abuelos. Aguardaba entonces el trigal, la casita junto al granero y un largo porvenir.
Con este relato y, al fin, mi alivio te dejo primo; esperando que puedas tú, el mismo que le ganó la partida a la capital cuando marchó ya hace años, iluminar en algo el desasosiego que me guardo.
Ya puedo ver de nuevo los amarillos prados y las azules acequias de nuestro paisaje único. Aquí todo sigue como estaba, ya sabes.
Recuerdos. Tu primo que te quiere,
Auxiliador
9 de Mayo de 2005 a las 21:28
Como mola el relato, es tuyo dani?, muy, muy bonito y muy bien escrito.
10 de Mayo de 2005 a las 12:31
La carta me ha recordado a una cancion de Albert Plá “Enterrador de Cementerios” donde un paleto deja el pueblo y va a la ciudad en busca de esposa.
Deberia ponerla en la radio blog pero como funciona cuando quiere, casi que os la bajais si os apetece escucharla.
10 de Mayo de 2005 a las 13:37
Gracias amiguitos. Se agradece algún comentario de vez en cuando, aunque sé que soy el menos indicado para decir nada, anima mucho.
Me parecía un poquito arriesgada la composición y no me convencía mucho el comienzo, pero bueno, tampoco somos profesionales. Supongo que he hecho lo de la sección de Descuentos para tener excusa y atreverme a escribir en clave más personal (rarito).
La canción no la he oído, pero la oiré.
Thank you again.
10 de Mayo de 2005 a las 20:44
Cómo que no somos profesionales?
Parece mentira Dani… y más tú siendo periodista.