SUPERVIVENCIAS
Hay personas que viven porque no tienen otra cosa mejor que hacer. Les vemos todos los días, caminando de aquí para allá como si llegasen tarde a una importante cita y eso fuese crucial. Podrían morirse mañana mismo o dentro de cincuenta años, su vida permanecería idéntica, y el momento de su muerte probablemente también.
Nunca he sido un escritor brillante y no intento ser mordaz; si fuera realmente bueno me haría un vagabundo, ¡bendito homenaje a la vida!: yo y el mundo, solos cara a cara, sin trampas ni disfraces, mi palabra contra la suya en un duelo a sangre. Sin embargo algo falló, no pudo ser; y es aún peor… cada vez ando más de aquí para allá.
Uno querría volverse loco con alguna canción de Los Planetas, como Don Quijote con las historias de caballerías, aunque volverse loco no esté al alcance de todos.
Quizá con alguna de esas canciones antisociales que dicen:
De modo que esto iba por mí:
espléndidos caminos,
telarañas misteriosas,
brillos asesinos.
Me niego a seguir
vestido de amarillo,
del color de las baldosas
que hay en el camino.
Deberes por igual que privilegios:
como si no fuera lo mismo.
Contra la ley de la gravedad. Los Planetas, 2004
Mi nombre es Federico Bellido. En otra vida fui Federico García Lorca, y fui ejecutado en Granada, el mismo lugar donde nacieron Los Planetas. Esta es mi historia… por muy rara que os parezca:
Ayer a mediodía, sobre las 14:00 p.m., más o menos a la hora de todos los días, abandonaba mi puesto de asesor contable en la filial de PARIGAS en Madrid. Los timbres anunciaban la hora de comer, un Mini negro estacionaba en doble fila al otro lado de la calle y el petróleo había alcanzado siete minutos antes su máximo histórico.
Salí de mi despacho, de mi edificio. Ignoré la cita con Manuel Ares en el asador que linda con nuestras oficinas; él aguardaba en el recibidor a que bajáramos el jefe de compras y yo, cuando me vio se acercó a saludarme efusivo, posiblemente convencido de que me detendría a su encuentro; pero yo seguí sin más explicaciones; sólo le dije a mi paso: “yo soy Federico García Lorca”. No había mejor firma para mi despido.
En efecto, nunca más volví a entrar en aquel edificio. Lo que aconteció a continuación fue sólo mano de la casualidad, o del destino.
Con un pie sobre la acera me quité la chaqueta, que cayó al suelo inmediatamente por el peso de la cartera que contenía el bolsillo interior. Yo aún seguía mascando la frasecita que le acababa de soltar al cliente. Y con todo, tampoco pretendía ir muy lejos. Crucé la calle con poco cuidado y me adentré en la amplia alameda del parque situado al otro lado de la calzada. Era un lugar frecuentado por mendigos y vagabundos del centro sin otra compañía que algún perro viejo o restos de comida y bebida.
Habían transcurrido unos diez minutos desde mi salida del edificio, cuando escogí un banco donde acomodarme. En sólo diez minutos, por fin, había cambiado toda mi vida.
Los habituados recibieron al forastero con indiferencia. Nadie se ofreció a hacerme sitio. Ni tan siquiera advirtieron mi llegada, seguramente aún era pronto para considerarme uno de los suyos. Enseguida reparé en lo nada extraño de mi presencia. Miré a mi alrededor y aquello estaba lleno de gente de todo tipo, gente como yo; para ellos tampoco era yo otro vagabundo anónimo aún, ni mucho menos. Por el momento, sólo era uno más de tantos visitantes. Nadie podía imaginar hasta qué punto era extraordinario el sentido de mi presencia.
Dejé pasar el tiempo sin saber muy bien qué hacer. No diré que no estuve tentado de volverme a buscar mi cartera perdida en algún lugar de la calle, pero eso hubiera sido encontrar también mi vieja identidad, regresar a mi vida anterior. A eso sabía que no estaba dispuesto. Probé a relajarme; me descalcé y me adentré un poco más en la alameda. Abandoné mis zapatos junto al banco, de donde jamás los recuperaría; sentir más intensamente el suelo húmedo, frondoso de hierba, me ayudaba a encontrarme allí. Bajé una pendiente suave hasta un pequeño puente de madera que servía de paseo para cruzar un río artificial. Me acerqué a su orilla y hundí los pies en el agua hasta casi las rodillas. Me recosté hacia atrás para cerrar los ojos un instante. Durante ese instante, me quedé profundamente dormido.
No adivino cuánto hubo transcurrido, cuando recuperé la consciencia agitadamente. Me despertaron sonidos agudos de sirenas y gritos inquietos de personas, que se iban intensificando por momentos mientras yo regresaba de mi sueño. Era de noche ya. No conseguía hacerme una idea de lo que podía haber ocurrido durante el tiempo en que yo dormía, pero en cuanto estuve incorporado descubrí una escena inimaginable:
Mi oficina, mi planta, el edificio entero de cuarenta y siete pisos estaba consumiéndose en llamas.
Aquella columna de fuego iluminaba toda la calle, rugiendo entre explosiones y destellos, llevando una nube interminable de humo hasta el techo del cielo, oscuro, cerrado, sin una estrella.
Había multitudes agolpadas, más o menos próximas a la escena del incendio. En el parque ya sólo quedaban los mendigos, otra vez los dueños legítimos de la alameda. Los mendigos curioseaban desde su refugio; ponían caras raras, algunos se reían con carcajadas altisonantes o distorsionadas, otros se cansaban al poco rato y continuaban entonces con sus quehaceres.

El rascacielos, vencido, tardó desde aquel momento unos cuarenta minutos en desplomarse sobre su propia base. La acera, la calzada se convirtió en una escombrera de gigantescos pedazos de un rompecabezas desmontado.
Dos años después continúan las obras de reconstrucción. Durante este tiempo lo máximo que han conseguido levantar son ocho plantas. Hace hoy catorce meses se volvieron a derrumbar siete pisos. Se trata de un fenómeno extraño:
“Ese maldito edificio no quiere que lo reconstruyan”, suele decir un conductor de autobús que todos los días viene al parque a la hora del bocata.
“En el fondo se trata de una conspiración” -comenta otro que tiene un primo periodista y asegura que se está investigando todo- “quieren desviar nuestra atención de la recesión económica” –concluye-.
¿Qué ha sido de mí? Yo, aunque no os lo creáis, sigo en el parque. Me dedico todos los días a empujar un enorme carrito de unos conocidos supermercados, repleto de ropa vieja y restos de comida. Durante todo este tiempo mi barba ha crecido considerablemente y mi aspecto es muy diferente, aunque sigo con la misma camisa que llevaba el día que dejé mi trabajo hace ahora veintisiete meses.
Al principio se acercaban en grupos antiguos compañeros de trabajo, que visitaban la zona del siniestro, y de paso, se pasmaban de seguir mis progresos en el parque. Me observaban como a un mono de feria; algunos se reían con notoriedad, otros ponían caras raras o simplemente se cansaban al poco rato y se iban. Al final, un día, dejaron de venir.
Si pudieseis verme ahora, diríais que siempre he estado aquí. La gente está equivocada, las cosas que merecen la pena son las que tienen mucho que perder y poco que ganar. ¿Qué ha sido de mí? Sí, hay muchos días que yo también me lo pregunto. Creo que la respuesta es que yo, contra todo pronóstico, he sobrevivido.