LA MANO DE K
Me estaba volviendo loco buscando la forma de quitarme este dolor de cabeza: tenía machacado en la mano un gelocatil, una aspirina y un smint. A la misma altura, medio vaso de agua en la otra: ¿cómo habría llegado a la conclusión de que esta era la mezcla ideal para la resaca?
Volqué el popurrí de polvos en el agua e hizo una ligera reacción efervescente: sabía a limón.
Me incorporé de la cama al fin muy despacio y me acerqué a la ventanita en forma de ojo de buey que tiene el dormitorio de K. Un pequeño estor oscuro de fibra tapaba la luz. Siempre se me encasquillaba el maldito chisme; de repente saltó el resorte y entró una bocanada de sol picante y cabreado por el cristal. Me giré rápido y empezó a darme vueltas la mesita de noche con el dibujo de Marley que se reflejaba en un espejo desde mi posición. Cerré los ojos y me senté en el suelo a plomo:
“¡La última vez que convences para ir al Ritma: todavía me retumba en los oídos la mierda que pincha el gilipollas de tu amigo!”; dije más o menos en alto, con pocas esperanzas de que todavía estuviera en algún lugar del apartamento.
Le di diez segundos más de plazo para contestarme (o quizá, se pasara el maldito pinchazo del cogote) antes de chillar: “¡coño, qué difícil es levantarse contigo, con lo fácil que es acostarse!”
‘¡Riiiiiing, ring!’: qué susto me dio el teléfono.
Me quité las manos de la cara y me apoyé en la mesita de noche para auparme de pie. Es uno de estos teléfonos que simula ser antiguo, negro, con un auricular enorme y los números en una rueda.
Lo cogí: “¿Sí?”. Oí una voz masculina y antes de que pudiera responder nada…
“Cuelga imbécil”; me sentenció K, adelantándoseme desde el portátil del salón.
“Ya cuelgo, perdona… perdonad”, sin que se me ocurriera otra cosa que decir.
“Joder, qué marrón”, pensé mirando hacia abajo, mientras me descubría carmín en la cadera. Me dejé caer en la cama, derrotado otra vez por la mañana del domingo; de cara contra la almohada, me quedé un rato distraído, tratando de escuchar la voz de K al otro lado de la pared.
Parecía estar dando explicaciones al otro tipo. Desde luego sonaba muy condescendiente. Lejos de las 5 de la mañana, era difícil sacarle media cortesía a K. Seguí inmiscuyéndome en la conversación y mi curiosidad por quién habría llamado fue in crescendo:
¿El pincha?: despierto a las… imposible antes de las 6 de la tarde.
Su padre: ¿cuánto tiempo hará que no le llama?
Su jefe: nada de trabajo en domingo.
Sus vecinos: ¿qué vecinos? No se habla más que con Dña. Antonia, la anciana del segundo izquierda, y porque todavía la confunde con la hija de un tal Arminio.
Eric: sí, recuerdo que ayer le vimos. Bueno, él tuvo su oportunidad, pero la vio irse conmigo; por qué iba a llamar.
Por supuesto luego estaba la amplia categoría de ‘algún desconocido que tenga su teléfono’. Siendo realista, yo mismo había pertenecido a esa categoría no hace mucho.
Me rendí a la curiosidad y sin levantar la cara de la almohada, descolgué a tientas el auricular y me lo acerqué sigilosamente al oído, cuidando de tapar el extremo inferior para que no se escapase ningún ruido:
- “Si tiene usted razón” –hablaba K–.
- “¿Pero de verdad lo entiendes?” –continuaba el otro tipo con aire protector–.
- “Sí, lo siento” -concluyó K, sin que me quedase la menor duda de que aquella disculpa finalmente era un acontecimiento único-. “Lo siento Padre Ramón”.
“¿Padre Ramón?… ¿Padre?”, farfullaba yo al otro lado de la almohada sin lograr entender nada en absoluto y convencido una vez más de que cuanto más la conocía, menos. Pensé que lo único que tenía en común K con la Iglesia era lo de follar sin condón, pero enseguida me sentí culpable por esa broma.
Me levanté de la cama –la segunda vez en media hora–, colgué de seguido y salí apresuradamente de la habitación, como si acabase de sentirme atrapado.
Entré con paso irregular en el salón, levantando para ojearlo el jarrón chino del aparador, el mismo jarrón que había visto ya mil veces. K estaba sentada en el suelo con una camiseta blanca de tirantes, gastada, y unos calcetines de lana rojos. Es muy morena y le caía el pelo negro por el pecho aunque se lo recogía insistentemente con la mano izquierda, alternando este gesto con rascar una pequeña herida que tenía en la rodilla. En cuanto me vio, recogió las piernas y comenzó a asentir con onomatopeyas a todo lo que le decía el cura, hasta que saldó: “le tengo que dejar Padre”. Hablé:
- “Buenos días K”: saludo sin respuesta.
- “¿Sabes?, no pensaba que fueras religiosa. Es curioso, siempre que hemos hablado del tema, me había quedado claro que los dos éramos ateos, o sea… no es por nada, es que jamás habría pensado…”
- “Para ya, no soy creyente, ya lo sabes”.
- “Ah, ya me parecía a mí. Bueno, entonces lo del Padre Ramón; es que me ha resultado tan raro. Claro, es sólo un conocido o un amigo…”
- “Algo así… es un poco largo de explicar” –contestó ella inconcluyente–.

Me quedé callado un minuto, mientras K se acercaba a un lienzo que tenía en el suelo para rascar con la uña no sé qué parte del dibujo. Había estado toda la semana trabajando en una especie de mano, con una silueta azul recostada en segundo término, que se veía a través de una de esas cortinas de tul que envuelven algunas elegantes camas. Entonces se me ocurrió:
- “¡Te estás acostando con un cura!”
Dejó de hurgar en el cuadro y se cruzó de brazos: “te he dicho que es complicado de explicar”.
- “¿Qué?, no me lo puedo creer” -exclamé-.
- “¿Estás pidiéndome explicaciones?” –dijo K–
- “Pues sí, porque no lo entiendo”.
- “Tú y yo no tenemos ningún compromiso, los dos hemos estado de acuerdo en eso desde que nos conocimos”.
- “Sí, claro, de acuerdo, pero… ¿con un cura? Te has acostado con un tío que es cura… ¡Te has acostado con el Padre Ramón, y encima le tratas de usted!
- “¿Pero no acabas de decir que no eres religioso, que tú eres ateo?”
- “Yo sí, pero seguro que él sí es creyente; estará atravesando una situación durísima, una crisis de fe”.
- “O sea, que ahora te preocupa el Padre Ramón. Si quieres te doy su teléfono y le llamas a ver qué tal se encuentra”.
- “Pues sí me preocupa, me parece un asunto muy serio; no me preocupo sólo de mí mismo, soy una persona empática y me esfuerzo por entender a los demás, por ponerme en su lugar…”
No había terminado mi exposición cuando K recuperó el teléfono y le dio al botón de rellamada, extendiendo el brazo hacia mí para que la atendiese. “No se hable más”, dijo, mientras me colocaba el teléfono en la cara:
- “¿Sí, quién es?” –intentaba hablarme ese hombre al otro lado del teléfono–.
- “Hola, hola, buenos días Padre”.
- “Hola, quién es” -insistió-.
- “Mire, soy amigo de K, soy la persona que le ha cogido el teléfono hace apenas unos veinte minutos; usted no me conoce, pero yo sí sé quién es usted, es decir, sé que es cura y sé lo que ha pasado con K, y cómo lo debe estar pasando usted”.
- “¿Dice que es amigo de Catalina?”. Me sorprendió el cura: nunca había caído en que no sabía su verdadero nombre, hasta había oído su apellido, pero nunca su nombre; lo oí y clavé los ojos en los de K; me acordé del título de una canción de Calamaro que habla de dos personas haciendo el amor: “labio sobre labio, sobre labio; beso contra beso, contra beso”.
- “¿Oiga?” –me volvía a hablar el cura–.
- “Sí, sí… ¿sabe Padre Ramón? Usted y yo tenemos algo en común: los dos queremos a la misma persona y a los dos nos ha pillado por sorpresa este sentimiento, pero ya lo tenemos agarrado al pecho, como si en su mismo centro se encontrase el punto cardinal de nuestras vidas”.
Le solté toda esa parrafada a aquella voz desconocida sin apartar la mirada de K, que me observaba sin parpadear, atónita, sin mover un músculo de la cara; quise decirle que la conocía mejor que ella misma, que todo este tiempo con ella había sido una maravillosa locura, que me encantaban sus manos y sus ojos grises, y su pelo, y sus cuadros, y que un buen día me levanté en su cama una mañana de domingo y me había enamorado de ella.
K se llevó una mano al pecho y sonrió tiernamente, con un gesto que no le había adivinado hasta ese momento. Se aproximó a mí y me susurró: “shshsh… es mi tío, tonto”.
- “Oiga, creo que usted quiere a mi sobrina Catalina como yo no la podría querer de ninguna manera” –contestó el Padre Ramón, y se echó a reír desenfadadamente– “ja,ja, y si tiene tan buenos sentimientos, le aconsejo que se los comunique directamente a la señorita, hombre, que hay que ser valiente”.
Me sonrrojé considerablemente. Ella se echó a reír también en cuanto oyó la escandalosa carcajada de su tío. Yo no podía quitarle la vista de encima; me estaba saliendo todo el corazón por los ojos. Era tan dulce verla reír de esa forma, ojalá hubiese podido llenar con ese instante todos los huecos de la historia.
- “Sí, claro, Padre –seguí hablando–. Lo cierto es que la tengo justo delante de mí ahora mismo, sin parar de reírse. ¿Sabe?, vamos a hacer una cosa: yo le voy a decir a Catalina todo lo que siento por ella y usted será mi testigo, ¿le parece?”
- “Le escucho atentamente hijo” –contestó él, aún contagiado por la risa–.
K me seguía con una sonrisa de ternura dibujándole los labios; como me había dibujado ella a mí una vez en uno de sus cuadros más alegres, yo ahora la dibujaba a ella con palabras. Y preguntó retóricamente: “¿así que me has insultado dos veces esta mañana y ahora quieres decirme todo lo que me quieres, eh?”.
- “Más o menos, lo que quiero decirte es –continué con el teléfono en una mano y la otra para ayudarme a decirlo–: ¿quieres casarte conmigo Catalina?”
Ella me dijo que sí.