DELFÍN Y NOA
Noa vivía en una pequeña jaula de aluminio, reposada en una encimera cualquiera en una habitación que da igual. Os preguntaréis, ¿qué se puede hacer metido en una jaula de aluminio todo el día? Muy sencillo: Noa se pasaba el día cantando. Sólo la dulzura de su canto le conseguía la visita de algún que otro curioso que se sentía atrapado por esta melodía:

Sha-lala-la, a ti que mi canto escuchas
Sha-la-la, a ti canto mi melodía.
Cuando sepas que te quiero,
También cantarás de alegría.
De entre todas las visitas, Noa esperaba con especial ilusión el momento de la llegada de Delfín. Cuando le adivinaba a lo lejos, la voz de Noa surcaba el aire como una cometa de colores que un niño vuela la primera vez y piensa: magia.
Pero, sorprendentemente, Delfín apenas prestaba atención al fabuloso recibimiento de Noa. Con parsimonia, iba y volvía sobre los mismos pasos. Y, ataviado con un cubo y una brocha, pintaba de gris la jaula de Noa todos los días durante treinta minutos, todos los días a la misma hora.
Durante esos treinta minutos Noa cantaba, bailaba por toda la jaula y su alegría era tan contagiosa que el cielo cambiaba de colores y el aire se empapaba de olor a jazmín, a jara. Mientras, Delfín realizaba su trabajo con rigor impávido: hundía su brocha en la tinta del cubo, de color gris apagado como su uniforme, y poco a poco, con paciente cuidado, cubría de pálido los mil tonos vivos que lucía la jaula.
A pesar de esto, la viveza de Noa no decaía ni un ápice hasta que no llegaba el momento de la despedida, cuando Delfín completaba una vuelta al cerco de Noa y comenzaba a distanciarse por el mismo camino que apenas treinta minutos antes tomó para llegar hasta ella.
El momento de la despedida era especialmente emotivo: por primera vez en todo el día, se apagaba el canto de Noa, quien se asía a la reja esperando que su carcelero la mirase aún por un instante, como si ya que no el revuelo vivaz, sí el silencio esta vez turbase la atención de Delfín. Finalmente decía adiós sin respuesta, con sus manos manchadas de gris.
Noa veía marchar irremediablemente a Delfín, igual cada vez a la misma hora. Esa mecánica incuestionable le dejaba una sensación agridulce: le entristecía que el mismo desenlace de su encuentro se repitiese sin mínima variación. Por otro lado, la misma mecánica le prometía con toda seguridad, al día siguiente, encontrarse de nuevo con Delfín. Eso animaba definitivamente a Noa a cantar y cantar de nuevo. Porque sólo el brío de su voz era que inundaba de colores incandescentes la jaula hasta que el gris de los barrotes se esfumaba con la propia tristeza vencida.
Así, con el paso de otro día, Delfín regresaba siempre puntual a su cita. Con el mismo atavío comenzaba su singular rutina en torno a la jaula. Noa cantaba y sentía que aún ganaba en fuerza su canto cada día, inventando un festival nuevo de sensaciones cada visita. Al tiempo, su compañero colaboraba con gris al rito periódico que envolvía su jaula, un día más seguido por la misma despedida.
Noa agarró los barrotes con la mirada clavada en Delfín, mientras él se volvía para retomar su camino de vuelta.
Quizá tardó más tiempo el horizonte en llevárselo definitivamente, quizá fue ella la que dudó un instante si recuperar su canto; yo no sé por qué, cuando se fue Delfín, Noa no volvió a cantar más.
Pasaron los días sin oírsela desde su pequeña jaula de aluminio, pintada de gris, tal y como la dejó Delfín el día que Noa se olvidó de cantar.
“No hay motivo para hacer dos veces el mismo trabajo.” –pensaba Noa– “No volverá”.
El tiempo transcurrió entre ambos como un muro impenetrable. Todo lo que pareció unirles para siempre, ahora apenas contenía algún sentido. La misma vida a la que Noa cantó, parecía ahora sórdida y vacía.
En una pequeña jaula de aluminio, reposada en una encimera cualquiera de una habitación que da igual, tras unos barrotes grises vivía Noa, gastándosele la vida un poco con el amanecer azul, un poco con el atardecer amarillo. Los días se volvieron largos y silenciosos, y nunca nadie volvió a visitarla más. Entonces, una mañana muy muy clara, Noa se murió.
Nadie hizo por saber de la pequeña Noa: el día que echaron en falta su canto dieron por hecha su ausencia, acostumbrándose finalmente a su silencio.
Sin embargo, yo no sé por qué, el mismo día que Noa murió recibiría su última visita: a la misma hora en que se le adivinaba a lo lejos apareció una vez más, la última, Delfín por el mismo camino que le llevó tanto antes a la pequeña jaula de Noa.
Ágil siguió el mismo sendero, que sólo él recorría a diario. Esta vez no vestía de gris, sino de mil colores. Cuando hundió su brocha en el cubo saltaron chispas violetas y granas. Sacó la brocha como un rayo y una estela multicolor de brillos se alzó detrás de su mano. Inundó el mundo de olores menta y hierbabuena, y brilló el sol tan fuerte que el cielo se volvió blanco.
“Hasta mañana” -dijo Delfín y se fue, con las manos manchadas de Noa.