LA CHICA DEL DRAGÓN

Era un día raro; de esos en los que las nubes no paran de moverse en el cielo y parece que sólo llueve a tu espalda, cuando entras en algún portal o alguna cafetería. Los cristales de Soho Café estaban adornados con esas gotitas de lluvia intermitente agarradas al vaho, como un cuadro impresionista. Sentí el frío del cristal como si estuviera pidiéndome que lo abrazase. Los viandantes pasaban por bultos ocres acompañados de voces fugaces tras el ventanal. Así cualquiera podría sentirse solo en una ciudad extranjera.

Curioseé a mi alrededor, casi esperando encontrar una cara conocida, pero hubiese sido una coincidencia poco realista. Allí no había más que guiris por todas partes: vestidos de parejas enamoradas, correctas familias inglesas, compañeros de trabajo con alguna copa de más… y sólo en la pequeña mesa de la esquina, bajo una enorme litografía de Degas colgada en la pared –esa con una bailarina haciendo sus ejercicios apartada del grupo, bajo un deslumbrante chorro de luz– había una chica sin pareja, como yo, mirando tras el cristal.

Imaginé lo que pudiese estar pensando, que quizá se sintiese tan sola como me sentía yo, que quizá también había reparado en mí. Enseguida recapacité, “je, estoy escribiéndome una novela de romance a medida para escaparme de esta insistente nostalgia. No recuerdo nada parecido a que una chica bajo un cuadro de Degas mirando por una ventana lluviosa, se levante de su silla y se acerque, en una cafetería del centro de Londres, para decirme algo como “ojos tristes, sácame de este sitio y te llevaré conmigo al país de Nunca Jamás: sólo se puede llegar volando, pero un pequeño dragón alado nos vendrá a buscar sobre este tejado justo al final del día”.

Este último ensueño me llegó de repente; tanto me sorprendió que por un momento, me asomé para mirar al cielo: “Dragón, dónde estás dragón”, me dije irónicamente.

Volví después a la chica, que estaba aún más ausente que yo, con la mirada fija en cualquier parte y las manos escondidas bajo la mesa. Llevaba una gran boina de lana calada, caída sobre un lado de la cara, un jersey grueso, negro, que se abría hasta llegar al hombro, leotardos con costuras verticales y falda hasta la rodilla, también negros. No me interesé por los zapatos.

Me trajeron el café justo en ese momento y distraje mi vigilancia para dar las gracias al camarero, mientras le ayudaba a servir la taza. Si no lo pides expresso te ponen un café negro, solo y aguado, en una enorme taza acompañada de miles de inventos para acompañarlo de azúcar. Regresé la mirada a la mesa de la esquina mientras tomaba el primer sorbo, pero no llegó la taza a rozar mi boca: la chica distraída ya no estaba.

Inmediatamente busqué a un lado y a otro, en la barra, en el pasillo: nada. Se sucedieron, como fotogramas estáticos de una película, todas las instantáneas que había estado robándole durante el último cuarto de hora, con mis propios ojos, cada vez que la miraba; la chica que había sido una heroína en un sueño fugaz, en una cafetería de Londres, bajo un cuadro de Degas.

Entonces me di cuenta: había un enorme abrigo negro cubriendo el sofá en el que se sentaba. No me había percatado porque el asiento también era oscuro y por la inmediatez con la que proseguí escudriñando todo el local. Casi sin pensar me levanté al fin, caminando deprisa hacia el abrigo. Un pensamiento ligero me alzó: si se había dejado olvidado el abrigo, enseguida lo echaría en falta y al volver al Café podría devolvérselo, entonces no habría mejor excusa para comenzar una conversación.

Alcancé rápido el abrigo, lo levanté con las dos manos, lo sostuve un segundo largo y lo doblé con cuidado sobre el antebrazo; era de pelo fino, muy suave. Apenas pude moverme un solo paso cuando vi a la chica de la boina de lana calada saliendo del baño.

“Dragón, dónde estás dragón”, replicaba una y otra vez mi cabeza. No quería ni imaginar la escena: yo allí de pie, delante de su mesa, sin moverme, callado, acariciando su abrigo entre mis brazos… “dónde, dónde estás”.

La chica se acercó apresuradamente, me miró estupefacta. Tenía unos grandes ojos claros, tan expresivos. Me miraba y miraba de reojo hacia su abrigo; comenzó a hablar en inglés muy rápido, apenas entendía unas cuantas palabras dispersas: “señor, qué, asiento, expresso, mesa, ropa, abrigo, baño, tiempo, vuelta, desconocido, nunca, triste, atrevimiento, imaginar, Degas, ojos… dragón”.

Dijo “dragón” y se me escurría su abrigo por los brazos como si fuese de agua o café aguado. Entonces sonrió, me retiró el pelo de la frente con una mano, se apoyó con la otra en mi hombro y cuando alcanzó mi oído dijo muy despacio: “no tengas miedo ojos tristes, todavía no se ha acabado el día”.

Miré en un acto reflejo hacia el cristal, ya no estaba empañado, y sin embargo, no se podía ver nada: las nubes se habían apoderado del suelo y las gotas de lluvia seguían ahí vistiendo de lentejuelas la ventana. Entonces me cogió las dos manos, reposó su mejilla sobre la mía y nos quedamos de pie, mirando a través del cristal las nubes moverse.

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