LA SOMBRA QUE QUERÍA TENER ALMA

“Todos tenemos alma”; mil veces había oído esta afirmación en esa misma iglesia, cuando el contraluz de alguna vidriera le permitía alargarse arrodillado a un costado del púlpito.

Escuchaba atentamente los fragmentos de la homilía como despertando de un sueño legendario del que no le quedaba conciencia; así como sucedía puntualmente cada vez que el sol quedaba oculto entre las nubes o tras un tejado o un muro.

“Todos tenemos alma”; vuelta a la reflexión inicial: “alma, alma… conozco el significado de esa palabra. Alguien me lo enseñó en otra vida y aún guardo el candor de cada uno de los trazos de sus letras. ¡Dime que tengo alma! ¡Eh, mira aquí abajo y dime que yo también siento todo ese amor saliéndoseme del pecho!

“Cállate ya” -contestó otra voz.

“Quién habla, qué es esto” -replicó el primero.

“Cállate ya, te digo que no prosigas con este engaño; nadie puede oírte y sólo yo, que comparto tu pena, respondo y redundo con ello en esta farsa enferma”.

“¡Cómo dices! Tú mismo reconoces que puedes escucharme, ¿por qué tendrías que desmerecer mi voz?”

“No hay voz, sólo sombra”.

El atardecer rojizo confundía los colores a través de los cristales pintados de la sacristía. La luz, iba descomponiéndose en todos los colores del espectro visible trazando así una grandiosa escena de tonos y formas en el interior de la iglesia, antes de morir en la tierra.

Los fieles comenzaron a desfilar hacia el púlpito cuando se anunció la comunión. Una música solemne salía del viejo órgano y la danza de la vida tremulaba como mecida por la luz primigenia.

Las sombras de las velas hacían de coro y las lumbres bailaban desacompasadas; los fieles volvían ora sonrientes, ora serenos, por los corredores laterales.

Todos, todo; cada gesto, cada sonido parecía un misterio único de coincidencia entre la luz y su sombra: la hendidura en las arrugas en los rostros ancianos, las heridas y los raspones en las rodillas de los niños. No era todo sino fruto de la imaginación fantasma de la luz y la sombra, librándose entre sí la suerte de modos y matices.

“Ya sé por qué estoy aquí” -aseveró la sombra que quería tener alma.

“Por qué” -dijo la otra.

“Todos hemos venido a este lugar buscando un alma, sólo que nos hemos olvidado”.

3 comentarios para “LA SOMBRA QUE QUERÍA TENER ALMA”

  1. luis dice:

    Enhorabuena por la iniciativa de este blog, la Comunidad se va enriqueciendo poco a poco y creo que este espacio literario contribuye a hacerla mucho más interesante.

  2. Arturo dice:

    Bienvenido.

  3. Ciudadano dice:

    Ahora te queda el reto de escribir con cierta periodicidad. Adelante.